Otra de Pedro Salinas
Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto,
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no...
-¿Adónde se me ha escapado?-.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.
Pedro Salinas
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jueves, 16 de mayo de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
Los ojos de los pobres
Charles Baudelaire, es uno de esos enigmáticos poetas, de los llamados malditos, que ponen la mirada sobre esos pliegues de la realidad que nos cuestan mirar.
Los ojos de los pobres
¡Ah!, queréis saber por qué hoy os aborrezco. Más fácil os será comprenderlo, sin duda, que a mí explicároslo; porque sois, creo yo, el mejor ejemplo de impermeabilidad femenina que pueda encontrarse.
Juntos pasamos un largo día, que me pareció corto. Nos habíamos hecho la promesa de que todos los pensamientos serían comunes para los dos, y nuestras almas ya no serían en adelante más que una; ensueño que nada tiene de original, después de todo, a no ser que, soñándolo todos los hombres, nunca lo realizó ninguno.
Al anochecer, un poco fatigada, quisisteis sentaros delante de un café nuevo que hacía esquina a un boulevar, nuevo, lleno todavía de cascotes y ostentando ya gloriosamente sus esplendores, sin concluir. Centelleaba el café. El gas mismo desplegaba todo el ardor de un estreno, e iluminaba con todas sus fuerzas los muros cegadores de blancura, los lienzos deslumbradores de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de mejillas infladas arrastrados por los perros en traílla, las damas risueñas con el halcón posado en el puño, las ninfas y las diosas que llevaban sobre la cabeza frutas, pasteles y caza; las Hebes y las Ganimedes ofreciendo a brazo tendido el anforilla de jarabe o el obelisco bicolor de los helados con copete: la historia entera de la mitología puesta al servicio de la gula.
Enfrente mismo de nosotros, en el arroyo, estaba plantado un pobre hombre de unos cuarenta años, de faz cansada y barba canosa; llevaba de la mano a un niño, y con el otro brazo sostenía a una criatura débil para andar todavía. Hacía de niñera, y sacaba a sus hijos a tomar el aire del anochecer. Todos harapientos. Las tres caras tenían extraordinaria seriedad, y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con una admiración igual, que los años matizaban de modo diverso.
Los ojos del padre decían: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso! ¡Parece como si todo el oro del mísero mundo se hubiera colocado en esas paredes!» Los ojos del niño: «¡Qué hermoso!, ¡qué hermoso!; ¡pero es una casa donde sólo puede entrar la gente que no es como nosotros!» Los ojos del más chico estaban fascinados de sobra para expresar cosa distinta de un gozo estúpido y profundo.
Los cancioneros suelen decir que el placer vuelve al alma buena y ablanda los corazones. Por lo que a mí toca, la canción dijo bien aquella tarde. No sólo me había enternecido aquella familia de ojos, sino que me avergonzaba un tanto de nuestros vasos y de nuestras botellas, mayores que nuestra sed. Volvía yo los ojos hacia los vuestros, querido amor mío, para leer en ellos mi pensamiento; me sumergía en vuestros ojos tan bellos y tan extrañamente dulces, en vuestros ojos verdes, habitados por el capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis: «¡Esa gente me está siendo insoportable con sus ojos tan abiertos como puertas cocheras! ¿Por qué no pedís al dueño del café que los haga alejarse?»
¡Tan difícil es entenderse, ángel querido, y tan incomunicable el pensamiento, aun entre seres que se aman!
Le spleen de Paris. Capítulo XXVI Año 1864
miércoles, 20 de marzo de 2013
Los hombres no son islas
El hombre está dividido contra sí y contra Dios por su egoísmo que lo divide de sus hermanos. Esta división no puede ser sanada por un amor que se coloca solitario en uno de los dos lados de la hendidura; el amor debe alcanzar ambos lados para poder juntarlos. No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos. Mas un amor egoísta de nosotros mismos nos vuelve incapaces de amar a otros. La dificultad de este mandamiento ("Amarás a tu prójimo como a ti mismo") radica en la paradoja de que tendríamos que amarnos inegoístamente porque aun el amor a nosotros mismos es algo que debemos a otros.
Esta verdad nunca es clara mientras presumimos que cada uno de nosotros, individualmente considerado, es el centro del universo. No existimos sólo para nosotros, y únicamente cuando estamos plenamente convencidos de esta verdad comenzamos a amarnos adecuadamente y así también amamos a otros. ¿Qué quiere decir amarnos adecuadamente? Lo primero, desear vivir, aceptar la vida como un inmenso don y un gran bien, no por lo que ella nos da, sino porque nos capacita para dar a otros. El mundo moderno empieza a descubrir cada vez más que la calidad y la vitalidad de la existencia del hombre dependen de su voluntad secreta de vivir. Existe dentro de nosotros una fuerza oscura de destrucción, que alguien ha llamado el "instinto de la muerte". Es algo terriblemente poderoso esta fuerza engendrada por el amor propio frustrado que lucha consigo mismo. Es la fuerza del amor de sí mismo que se ha vuelto aborrecimiento de sí mismo, y que, al adorarse, adora el monstruo en que se consuma.
Es, pues, de importancia suprema que consintamos en vivir para otros y no para nosotros mismos. Cuando hagamos esto, podremos enfrentarnos a nuestras limitaciones y aceptarlas. Mientras nos adoremos en secreto, nuestras deficiencias seguirán torturándonos con una profanación ostensible. Pero si vivimos para otros, poco a poco descubriremos que nadie cree que somos "dioses". Comprenderemos que somos humanos, iguales a cualquiera, que tenemos las mismas debilidades y deficiencias, y que estas limitaciones nuestras desempeñan el papel más importante en nuestras vidas, pues por ellas tenemos necesidad de otros y los otros nos necesitan. No todos somos débiles en los mismos puntos; y por eso nos complementamos y nos suplementamos mutuamente, cada uno rellenando el vacío del otro.
Sólo cuando nos vemos en nuestro contenido humano verdadero, como miembros de una raza que está planeada para ser un organismo y un "cuerpo", empezamos a comprender la importancia positiva, tanto de los éxitos como de los fracasos y de los accidentes de nuestra vida. Mis éxitos no son míos: El camino para ellos fue preparado por otros. El fruto de mis trabajos no es mío: Porque yo estoy preparando el camino para las realizaciones de otros. Ni mis fracasos son míos: Pueden dimanar del fracaso de otros, mas también están compensados por las realizaciones de otros. Por consiguiente, el significado de mi vida no debe buscarse solamente en la suma total de mis realizaciones. Únicamente puede verse en la integración total de mis éxitos y mis fracasos, junto con los éxitos y fracasos de mi generación, mi sociedad y mi época. Pueden verse, sobre todo, en mi integración dentro del misterio de Cristo. Eso fue lo que el poeta John Donne comprendió durante una grave enfermedad, al oír que las campanas doblaban por otro. "La Iglesia es Católica, universal -dijo-; luego todos sus actos, todo lo que ella hace, pertenece a todos... ¿Quién no inclina el oído a la campana que en alguna ocasión tañe? Y, ¿quién puede suprimir de ese tañido la verdad de que un pedazo de uno mismo está saliendo de este mundo?"
Todo hombre es un pedazo de mí mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago, para ellos y con ellos y por ellos lo hago también. Lo que hacen, en mí y por mí y para mí lo hacen. Con todo, cada uno de nosotros permanece responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea, si yo no comprendo que mi vida representa mi participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco. Únicamente cuando esta verdad ocupa el primer sitio, encajan las otras doctrinas en su contexto adecuado. La soledad, la humildad, la negación a uno mismo, la acción y la contemplación, los sacramentos, la vida monástica, la familia, la guerra y la paz: Nada de esto tiene sentido sino en relación con la realidad central que es el amor de Dios viviendo y actuando en aquellos a quienes Él ha incorporado en Su Cristo. Nada, absolutamente nada tiene sentido, si no admitimos, con John Donne, que "los hombres no son islas, independientes entre sí; todo hombre es un pedazo del continente, una parte del todo".
Thomas Merton (Extracto de "Los hombres no son islas").
jueves, 28 de febrero de 2013
De una corta fabula.
Acerca de un encuentro entre dos enimagticos personajes. Dos ternuras esperando el candor anhelado.
Y la luciérnaga iluminando la penumbra con su lucecita le dijo:
- "Y tu hombre que no ves ¿Cómo me imaginas?"
El hombre que no ve pensó para sí: te imagino de ojos negros brillosos, con un brillo tímido. Ojos que hablan y también escrutan. Cabello medio largo oscuro. Rostro sereno. Manos suaves. Maquillaje suave, vestida con colores vivos
El hombre que no ve, dejo de pensar y guardo silencio. Entonces dijo;
- "Imagino lo que me gustaría que fueras, pero eso no me importa, me importa más quien eres tu"
Y la luciérnaga, guardó tambien silencio. Ese silencio que causa el rubor.
CAS
Y la luciérnaga iluminando la penumbra con su lucecita le dijo:
- "Y tu hombre que no ves ¿Cómo me imaginas?"
El hombre que no ve pensó para sí: te imagino de ojos negros brillosos, con un brillo tímido. Ojos que hablan y también escrutan. Cabello medio largo oscuro. Rostro sereno. Manos suaves. Maquillaje suave, vestida con colores vivos
El hombre que no ve, dejo de pensar y guardo silencio. Entonces dijo;
- "Imagino lo que me gustaría que fueras, pero eso no me importa, me importa más quien eres tu"
Y la luciérnaga, guardó tambien silencio. Ese silencio que causa el rubor.
CAS
jueves, 24 de enero de 2013
Neruda - poema 15
A veces tus silencios me desconciertan. Pero también tus silencios, tus
tímidos silencios, son la confirmación de que algo ha pasado, que ha transitado
rozando tu alma, dejando en ella huellas que como recuerdos vienen a morar en
tu reciente historia. ¡Cuánto puede decirse aun sin decir nada!
Cuéntame de tus silencios, que yo te contaré de los míos, de los imperceptibles que se esconden entre respiración y respiración, esos que duran poco, resuenan mucho.
Ahí va el 15 de Neruda!!!
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Cuéntame de tus silencios, que yo te contaré de los míos, de los imperceptibles que se esconden entre respiración y respiración, esos que duran poco, resuenan mucho.
Ahí va el 15 de Neruda!!!
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
miércoles, 16 de enero de 2013
Entre tonos de gris
Les comparto que estoy leyendo "Entre tonos de
gris" (de Ruta Sepetys), una historia de la trágica ocupación de Lituania por parte de la Rusia comunista. La
protagonista es una joven (y su familia), que cuenta en primera persona todo lo
acontecido para llegar a un campo de reclusión en Siberia. Por momentos he
contenido las lágrimas. “La condición humana es misteriosa, la bondad florece en medio de la mayor desgracia”.
viernes, 4 de enero de 2013
ME DOY CUENTA DE QUE ME FALTAS...
Me doy cuenta de que me faltas
y de que te busco entre las gentes, en el ruido,
pero todo es inútil.
Cuando me quedo solo
me quedo más solo solo por todas partes y por ti y por mí.
No hago sino esperar.
Esperar todo el día hasta que no llegas.
Hasta que me duermo
y no estás y no has llegado
y me quedo dormido
y terriblemente cansado
preguntando.
Amor, todos los días.
Aquí a mi lado, junto a mí, haces falta.
Puedes empezar a leer esto
y cuando llegues aquí empezar de nuevo.
Cierra estas palabras como un círculo,
como un aro, échalo a rodar, enciéndelo.
Estas cosas giran en torno a mí igual que moscas,
en mi garganta como moscas en un frasco.
Yo estoy arruinado.
Estoy arruinado de mis huesos,
todo es pesadumbre.
Jaime Sabines
jueves, 27 de diciembre de 2012
Esperanza y amor
Hay un basamento para la esperanza que es una
cierta confianza en la vida, un cierto gusto de la vida y de la
felicidad. Es esta confianza natural, esta esperanza en el valor de la
existencia la que la gracia de Dios viene a coronar en nosotros, pero
que en una cierta medida la supone.
Pueden
existir seres de tal manera machacados, que ese basamento natural esté
tocado; seres así incapaces de esperar tienen la impresión de que su
vida es un fracaso y que ellos ya no esperan nada. Estos seres necesitan
primero ser curados en su ser natural para que la gracia pueda luego
operar sobre ello. Tenemos que devolver la confianza en sí mismo a estos
seres de los que el mundo está lleno, en quienes hay un fondo de
desánimo y, en el límite, de desesperación. Sólo el amor puede
salvarles, pues en la medida en que un ser es amado, es decir, en que
alguien tiene confianza en él, en que puede reencontrar la confianza en
sí. Una de las mejores maneras de amar es esperar alguna cosa del otro,
pues la caridad no consiste solamente en dar, sino también en pedir, en
mostrar a los otros que ellos pueden ser útiles. El mayor sufrimiento
para muchos seres es pensar que su vida no tiene valor. Esto conduce a
las soledades desesperadas a la ruptura con la comunidad. Siempre hay
que tender a no apabullar a los seres. Pero hay una manera de ser bueno
que impide a los otros serlo. Es el paternalismo en todas sus formas que
ahuyenta a las gentes de sus servicios. Habría que estar siempre
próximo a los más pequeños gestos de buena voluntad, alentarlos,
sostenerlos: es ésta la verdadera manera de amar y de ayudar a los seres
desilusionados a creer de nuevo en ellos mismos, a retomar esa
confianza en ellos que les devolvería el gusto de la existencia, de la
felicidad y de la vida. Esta actitud es profundamente cristiana, pues
Dios es vida, y este mundo que ha hecho es bueno. Adherirse a la vida,
creer en ella es comportarse profundamente en el corazón de Dios y según
el sentido de la creación. No sólo la esperanza nos adapta y nos abre a
un perfeccionamiento espiritual de nuestro ser. Es lo que decimos en el
Acto de esperanza: "Yo espero la gracia en este mundo y la vida eterna
en el otro"
DANIÉLOU, Jean. Contemplación, crecimiento de la Iglesia. Madrid : Ediciones Encuentro, 1982. pp. 60-61.
lunes, 24 de diciembre de 2012
Soledad de la vida moderna
«La vida moderna tiende a eliminar de las
relaciones interhumanas todo carácter de intimidad, de personalidad. Las
conversaciones habituales de las oficinas, los salones, las distintas
agrupaciones y aun la mayoría de las familias, son casi siempre
impersonales. Se habla de negocios, de cosas, de acontecimientos, de
ideas abstractas; rara vez las personas se interpelan en verdad de
hombre a hombre, de sujeto a sujeto. Muchos hombres nunca han sido para
alguien un sujeto, un ser único, no intercambiable; son únicamente
miembros de una ciudad, de una empresa, de una agrupación, de una
familia. Para la mayoría de los patrones, el servicio doméstico y los
obreros son simples instrumentos que no tienen rostro. Y una cierta
medida de democratización en el vestir, la vivienda y aun en la
educación y en la cultura, contribuye con lo suyo a extender el reino
del anonimato. Ahora bien, lograr una comunicación directa, personal,
con una o varias personas, es el anhelo más profundo del corazón humano.
Si este anhelo no se cumple, el resultado es tristeza, melancolía,
angustia, neurosis. Sólo un amor personal es capaz de dar a los humanos
el sentimiento de ser algo único, de romper el marco de lo objetivo.
Pero cuántos son los que nunca se supieron amados por alguien. La misma
familia es, con suma frecuencia, un lugar de soledad, una experiencia
nueva que se abre ante el hombre trágicamente solo. En la mayoría de las
familias los miembros se quedan casi siempre (como por una especie de
hábito contraído en la vida social) en el plano de lo objetivo, y un
falso pudor les impide ser, los unos para los otros, lo que querrían ser
en lo más profundo de sí mismos. Al parecer, muchos jovencitos y
jovencitas que se casan ignoran que podrían ser, el uno para el otro,
algo más que instrumentos en el interior de la propia soledad. Tal
soledad moral no es la suerte exclusiva de quienes podríamos llamar los
vencidos de la vida: sirvientes, proletarios, huérfanos. También la
conocen los jefes, los hombres superiores, y con acuidad tanto mayor
cuanta es la finura de su conciencia.»
LEPP, Ignace. La comunicación de las existencias. Buenos Aires : Carlos Lohlé, 1964. p 9 -11.
LEPP, Ignace. La comunicación de las existencias. Buenos Aires : Carlos Lohlé, 1964. p 9 -11.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
El ojo, el corazón y el amor
“Las raíces del ojo se encuentran en el corazón; en la decisión más intima –realizada por el centro personal del hombre– que se adopta tanto frente a la otra persona como a la existencia en cuanto totalidad. En último término, el ojo ve desde el corazón. A esto se refería san Agustín cuando decía que únicamente el amor es capaz de ver. Pero el corazón puro es el corazón que ama rectamente. Este amor no comienza con el deseo, sino con el respeto. Su acto primero no es la aproximación sino el apartamiento. Al hacerlo renuncia a convertir al amado en una parte del propio mundo circundante; deja espacio libre, espacio a su propia existencia, y está dispuesto a acogerla desde él mismo. Sólo cuando se da al menos el comienzo de esto puede el ojo ver realmente al otro hombre”.
Romano Guardini. Los sentidos y el conocimiento religiosos.
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